Construir acuerdos en lugar de reglas: una mirada Reggio Emilia a la convivencia en el aula

Hay momentos del curso en los que los docentes sentimos la urgencia de establecer un marco claro de convivencia. Es natural: para que un grupo funcione, hacen falta acuerdos que orienten la vida diaria.
Pero existe otra posibilidad: en vez de presentar una lista de normas ya definidas, podemos invitar a los niños a construir con nosotros esos acuerdos que permitirán vivir juntos de manera armoniosa.

En las escuelas inspiradas por la filosofía Reggio Emilia, esta práctica no es una técnica aislada, sino la expresión de una mirada profunda hacia la infancia. Se parte de la idea de que los niños son competentes, capaces de participar en decisiones y de otorgar significado a lo que viven. Así, el aula se concibe como una pequeña comunidad donde todos —adultos y niños— aprendemos a convivir y a cuidar el espacio compartido.


Mirar antes de intervenir

Antes de redactar cualquier acuerdo, el primer paso es observar.
Nos detenemos a ver cómo llegan los niños, cómo se desplazan por el aula, cómo emplean los materiales y cómo interactúan entre ellos. Registramos lo que ocurre, ya sea con notas, fotografías o pequeñas documentaciones que captan la esencia de su forma de habitar el entorno.

A menudo, esa observación revela que lo que interpretábamos como “mal comportamiento” responde, en realidad, a necesidades genuinas: movimiento, exploración, contacto social. Un niño que corre por el pasillo quizá está expresando que su día necesita más momentos de actividad física. Observar, en este sentido, no es buscar errores, sino comprender lo que hay detrás.

Del mirar al conversar

Una vez que entendemos mejor la dinámica del grupo, invitamos a los niños a dialogar.
En el enfoque Reggio, el docente actúa como guía: no impone respuestas, sino que propone preguntas abiertas que estimulan el pensamiento colectivo:

  • “¿Cómo imaginamos nuestra clase ideal?”

  • “¿Qué cosas hacen que nos sintamos tranquilos y contentos aquí?”

  • “¿Qué necesitamos hacer para cuidar lo que usamos?”

Las ideas que aportan los niños —por sencillas o espontáneas que parezcan— se convierten en el material principal para elaborar los acuerdos. Pueden escribirse, ilustrarse o representarse mediante fotos. Si aún no escriben, pueden dejar una marca personal: un dibujo, un símbolo, una huella. Lo esencial es que perciban que esos acuerdos también les pertenecen.

Del “no” al “sí”

Una práctica muy valiosa es transformar las prohibiciones en orientaciones afirmativas.
En lugar de “¡No corras!”, podemos ofrecer alternativas:

  • “En el pasillo caminamos con calma. Podemos correr cuando estemos fuera.”

Esta forma de hablar ayuda a los niños a comprender la acción posible, no solo aquello que está vetado. El lenguaje que usamos construye significado y contribuye a que los niños se vean a sí mismos de manera más positiva y capaz.

El valor del lenguaje cotidiano

Más allá de los acuerdos escritos, el tono y las palabras del adulto moldean la convivencia.
Expresiones como “Gracias por esperar” en vez de “No empujes”, o descripciones neutrales como “Veo que estás ayudando a tu compañero” en lugar de elogios vacíos, transmiten respeto y fomentan la conciencia. Los niños aprenden observando cómo nos relacionamos con ellos y entre nosotros.

Hacer visible la cultura de convivencia

Los acuerdos no deben convertirse en carteles estáticos en la pared. Son algo vivo: se revisan, se afinan y evolucionan con el grupo.
Podemos mostrar fotos de los niños poniendo en práctica esos acuerdos, escribir pequeñas historias de momentos positivos o dedicar un breve espacio en la asamblea diaria para comentar qué está funcionando y qué podríamos mejorar.

La documentación no pretende señalar fallos, sino reconocer procesos, avances y aprendizajes.

Cuando los niños aún no hablan

En los primeros años (0–3), los acuerdos no se expresan verbalmente, sino a través de gestos repetidos, rutinas estables y vínculos consistentes. No se trata de que memoricen normas, sino de que experimenten un sentimiento de pertenencia y seguridad. Fotografías de momentos compartidos, canciones habituales o rituales cotidianos constituyen los primeros acuerdos implícitos.

Un aula que se construye entre todos

Crear acuerdos junto a los niños es mucho más que una actividad de inicio de curso: es una declaración de intenciones. Les dice, sin palabras, que su perspectiva importa.
Al abrir espacios de diálogo, observación y escucha, estamos cultivando bases profundas: respeto, empatía, responsabilidad compartida y sentido de comunidad.

Los acuerdos, entonces, dejan de ser simples reglas. Se convierten en una forma de relacionarnos. Y como toda relación viva, se cuida, se revisa y se celebra cada día.

 

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